Hace unos días me enviaron esta foto de 1972 de John Hocknell en la que una pequeña Diana Spencer mostraba orgullosa su cobaya “Peanuts”. Los que me conocen saben lo mucho que me gustan los animales y en especial el afecto que le tengo a las cobayas. Esta foto me enterneció porque pensé que alguien tan expuesto a la opinión pública, a la que todos creíamos en cierto modo conocer “tan bien”, habría tenido sus propias historias privadas, sus recuerdos de infancia con su mascota, sus sueños de futuro y su ideal de una vida con amor más parecidos a los nuestros de lo que nos pensamos. Y me dio pena. Me dio pena por como ella y tantos personajes públicos acaban siendo carne de paparazzi, alimento de prensa sensacionalista, juzgados día tras día por cada movimiento, el blanco perfecto para el voyerismo público y se les deshumaniza como si ya no tuvieran derecho a ser respetadas ni como personas, en un circo mediático que las devora. Me dio pena porque Lady Di acabó siendo princesa de un reino de mentiras donde ocultarse debía ser su máxima aspiración. Me gustaba Diana porque apoyó muchas labores humanitarias, distintas causas, instituciones y a gente como Nelson Mandela, la madre Teresa de Calcuta y el Dalai Lama. Me gustaba Diana por su sensibilidad. (Y además, como anécdota, le gustaban las cobayas como a mí). Y como por suerte y como reza la canción de Gloria Trevi “Qué bueno que no fui Lady Di”, yo ahora puedo aportar mi granito de arena en este mundo loco en el que ni se respetan los derechos fundamentales de las personas ni mucho menos los de los animales. Hay mil causas y organizaciones a las que apoyar de alguna manera para mejorar un poquito este mundo. ¿Si todos nos involucráramos podríamos cambiar algo? Yo por si acaso ya he empezado.

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