Todas las realidades convergen en un punto

Este domingo fuimos a comer toda la familia al Café Turó. Bajábamos de pasar las vacaciones de verano y pensamos que nada mejor que una buena comida para combatir el bajón de volver al asfalto de Barcelona, a la rutina de las obligaciones que marca el reloj y los días que se acortan.

Al llegar, hacía tanto calor, que pensamos que lo mejor era comer dentro y justo cuando subíamos los escalones para entrar, se nos coló nervioso un perro grande de color negro. El encargado, muy amablemente, nos dijo que no podían entrar perros y le respondimos que no venía con nosotros pero que parecía desesperado buscando a alguien. El chico entonces lo miró con atención y se acordó de que hacía un rato había estado con su dueño en la terraza. Miramos si en el collar llevaba por casualidad el teléfono para llamar y por suerte lo pudimos localizar. Su dueño, un chico extranjero que había perdido el perro por el Turó Park, vino rápidamente a buscarlo con una expresión de agradecimiento que no le cabía en la cara. ¡Qué contentos nos pusimos todos!

A continuación nos sentamos en los sofás forrados de terciopelo rojo del fondo de todo, justo al lado de una mesa donde un señor de unos setenta años comía tranquilamente mientras hojeaba el diario. Los niños se fijaron en seguida en sus pintorescas chanclas con suela de césped y me las señalaron disimuladamente con los ojos. Al cabo de poco rato, estábamos entregados al disfrute de nuestros platos favoritos. Los niños con sus sabrosas hamburguesas completas y nosotros con nuestro tataki de atún, las alcachofitas fritas y los tacos de filete en salsa. Todo transcurría “con normalidad”, comiendo, los niños riendo y jugando… el jolgorio habitual mientras nosotros intentábamos poner un poco de orden, sobre todo por nuestro vecino de mesa, que seguramente no había elegido este restaurante para escuchar canciones de los dibujos de la tele ni esquivar alguna bola de pan. Sobra decir que con 11, 8 y 6 años salir a comer fuera con ellos sigue siendo una aventura y no siempre con final feliz… pero ésa es otra historia. Total que a la décima vez de pedirles por favor que se comportaran, el señor del diario se dirigió a nosotros y lo que yo pensé que sería un merecido reproche en realidad fue:

“Tranquilos, son niños, yo me encontré a mi hijo en la papelera.”

Pensé que era algún tipo de broma, pero a continuación nos empezó a contar como él pasaba largas temporadas en Túnez, país que adoraba, y que en una de las ocasiones se encontró él y una amiga suya a un bebé de 3 días llorando en una papelera. Lo recogió y lo adoptó y ahora Yossuf o Yossef (no recuerdo exactamente su nombre) era un niño feliz de tres años, espabilado y vivaracho que vivía con su amiga tunecina y él lo visitaba siempre que podía. Justamente esa semana lo iba a ver. Nos habló de la situación de las mujeres allí y del país, de como los recientes cambios políticos habían desestabilizado la sociedad y también de como los atentados extremistas estaban ahuyentando el turismo, sustento básico para la precaria economía de Túnez. El hombre relataba su historia pausado, dulce, ese niño le había llenado de ilusión. Todos escuchábamos callados, hasta los niños. Estuvimos conversando un buen rato y cuando caminábamos de vuelta a casa pensé que lo escribiría en el blog. Cuántas historias cruzadas que convergen en un espacio temporal, para mí la sal de la vida.

¡Ah!,  y las chanclas las había comprado en Tiger.

http://www.tiger-stores.es/

http://romainfornell.com/cafe-turo/

http://www.barcelona.cat/resources/hu/parcs-i-jardins/ParcsIFRAMEES/w110.bcn.cat/portal/site/MediAmbient/menuitem.0d4d06202ea41e13e9c5e9c5a2ef8a0c/indexe31c.html